
La primera PAES ya se rindió y con ella se cierra un ciclo vertiginoso: en tres años, los estudiantes chilenos pasaron de la PSU a la Prueba de Transición y de esta a la PAES, todo en medio de una pandemia. Vale la pena preguntarse qué aprendimos como sistema.
La primera lección es que el enfoque llegó para quedarse: la admisión universitaria apuesta por medir competencias —comprender, razonar, aplicar— antes que contenidos memorizados. Los colegios que ajustaron su enseñanza en esa dirección no dependieron del nombre de la prueba de turno.
La segunda es el valor de la práctica informada: las comunidades que sostuvieron ensayos con análisis serio de resultados pudieron adaptarse a cada cambio de formato con menos incertidumbre, porque sabían dónde estaban sus estudiantes.
Para quienes toman decisiones de cara al próximo año, el mensaje es alentador: la preparación para la PAES ya no parte de cero. Existe un formato conocido, una primera experiencia y tiempo para planificar con calma el calendario de ensayos de la próxima generación. Si quiere partir ese trabajo temprano, pida una cotización.
