
Febrero es el mes en que los equipos directivos y las jefaturas de UTP definen buena parte de lo que ocurrirá durante el año: calendario, planificaciones, metas institucionales. En esa conversación, la evaluación merece un lugar desde el primer día, y no solo como fechas de pruebas en un calendario.
Un buen punto de partida es acordar un diagnóstico de inicio para cada nivel, de modo de saber con qué aprendizajes llegan los estudiantes después del verano. A partir de esa evidencia, las planificaciones dejan de ser un ejercicio en abstracto y se ajustan a los cursos reales que tendrá cada docente en marzo.
Conviene también definir de antemano qué información espera obtener el equipo de cada evaluación: resultados por objetivo, por eje temático, por habilidad. Cuando eso se acuerda en febrero, los datos llegan a tiempo para tomar decisiones durante el año, no después.
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