
Cuando una prueba se aplica en salas con puestos contiguos, o en distintos cursos en horarios diferentes, la tentación de mirar la hoja del compañero o de comentar las preguntas en el recreo es parte de la naturaleza escolar. La respuesta clásica del mundo de la evaluación es usar más de una forma: la misma prueba con las preguntas o las alternativas en distinto orden.
Las formas A y B protegen la validez de los resultados sin cambiar lo que se mide: ambos instrumentos cubren los mismos objetivos con los mismos ítems, solo que dispuestos de otra manera. El estudiante ya no obtiene ventaja mirando al lado, y los resultados de ambas formas se analizan como una sola evaluación.
El motivo por el que muchos colegios no las usan es puramente operativo: corregir a mano con dos pautas distintas duplica el riesgo de error y el trabajo. Con corrección óptica esa barrera desaparece, porque el sistema identifica la forma de cada hoja y aplica la pauta correspondiente en forma automática.
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